En las últimas semanas, mis redes sociales se han llenado de videos, memes y debates sobre los llamados therians. Son, en su mayoría, personas jóvenes que dicen tener una conexión especial con un animal, como un lobo, un perro, un gato o un zorro. Mientras deslizaba entre publicaciones, entre carcajadas, curiosidad y mil preguntas, empecé a preguntarme seriamente qué hay detrás de esta tendencia.
Algo que he podido notar es que, para muchas de estas personas, no se trata solo de una moda pasajera o de un chiste, ni de “jugar a ser un animal” frente a los demás, sino de una forma de nombrar algo más profundo que ahora forma parte de su identidad. Reducirlo a una rareza de internet es, como mínimo, quedarnos en la superficie.
En este sentido, las redes sociales han permitido que este fenómeno se difunda a niveles exponenciales. Al amplificar la tendencia, lo más llamativo o lo más raro es lo que genera más clics. Los videos de gente corriendo en cuatro patas, usando colas o máscaras, o reuniéndose en plazas como manadas se vuelven virales justamente porque provocan morbo y asombro. El algoritmo premia de inmediato esa interacción entre usuarios y termina impulsando una tendencia mundial de grandes implicaciones. Pero la pregunta que yo me hago es: ¿por qué tanta gente joven encuentra sentido en esto?
Como estudiante universitaria y mamá de dos jóvenes, creo que el fenómeno therian refleja cómo las nuevas generaciones exploran su identidad en medio de una vida atravesada por internet. Adolescencia y juventud siempre han sido etapas de búsqueda, de experimentar, de intentar entender quiénes somos y hacia dónde queremos ir. Lo riesgoso es que ahora nos toca vivir en una era donde todo, literalmente todo, puede ser grabado, difundido y almacenado en un ecosistema digital que, aunque parece inofensivo, a veces se siente como un monstruo disfrazado de oveja. Muchos jóvenes que se identifican como therians han recurrido a las redes sociales para encontrar un sentido de pertenencia; lo que en ocasiones nace de sentirse aislados, en las plataformas digitales se convierte en comunidad.
En lo personal, no me incomodan los therians, sino la facilidad con la que convertimos a cualquier grupo en el “hazme reír del día”. Hoy son ellos; ayer fueron otras identidades: personas indígenas, inmigrantes, personas LGBTIQ+, entre otras. Desde un espacio de respeto, y con una mirada crítica y empática, me gustaría que como sociedad usáramos estos fenómenos para abrir conversaciones incómodas pero necesarias sobre identidad, pertenencia, salud mental y el papel de las redes en nuestras vidas. En vez de quedarnos solo con el video del therian que corre en cuatro patas, podríamos preguntarnos qué dice esto sobre cómo nos sentimos, qué nos falta y qué estamos buscando en línea.
Honestamente, ni yo acabo de entender por completo la experiencia therian. Pero he decidido que, frente a lo que no comprendo del todo, prefiero detenerme a reflexionar antes que sumar un comentario más al odio que ya circula. El mundo es lo suficientemente hostil como para que yo contribuya otro poco. Prefiero, al menos, hacer la pausa y preguntarme qué hay detrás de aquello que me resulta extraño, antes de convertirlo en el chiste del día.
