A sus 21 años, Xithlaly Rodríguez, estudiante mexicoamericana de primera generación, cursa de manera simultánea las licenciaturas en Criminología y Justicia y Psicología en la Universidad Estatal de California, Northridge (CSUN). Hija de padres originarios de Zamora, Michoacán y Guadalajara, Jalisco, Xithlaly ha forjado su camino académico con esfuerzo, disciplina y un profundo amor por su familia.
“Mi hermanita Itzel y yo crecimos en el mismo hogar, pero hemos vivido experiencias muy distintas en la forma de ver el mundo y en los retos que nos han tocado enfrentar”, comparte con serenidad. Su infancia estuvo marcada por las largas jornadas laborales de sus padres, mientras su abuela se convertía en una figura central en su crianza. “Cuando pienso en mi niñez, tengo recuerdos fragmentados. No recuerdo momentos memorables… solo a mis padres trabajando todos los días”, cuenta con emotiva honestidad.

Desde pequeña aprendió el valor del trabajo acompañando a su padre en sus ventas en el swap meet. “Ni siquiera había amanecido y ya estábamos armando el puesto”, recuerda con la voz entrecortada. Entre semana, ayudaba junto a su hermana en el negocio familiar de tacos. Aquella rutina temprana le enseñó disciplina, resiliencia y una responsabilidad que, hasta hoy, define su carácter.
Pero su mayor batalla estuvo en las aulas. En la primaria, Xithlaly enfrentó grandes dificultades para aprender a leer. “Me frustraba ver que otros niños podían hacerlo con facilidad y yo no”, cuenta. Algunos compañeros se burlaban de ella, pero con tutorías, el apoyo de sus padres y maestros, logró superar esos obstáculos. Ese esfuerzo sembró la semilla de su amor por el aprendizaje y su deseo de superarse.
El punto de inflexión llegó cuando ingresó a la secundaria de Partnerships to Uplift Communities (PUC Schools). Según su portal electrónico, PUC Schools es una organización sin fines de lucro conformada por 14 escuelas públicas chárter ubicadas en el noreste del Valle de San Fernando y el noreste de Los Ángeles, ahí Xithlaly floreció, “Por primera vez me sentí que pertenecía, que había estudiantes que se parecían a mí. Esa comunidad me motivó y despertó mis ganas de ser la mejor”, afirma. Desde entonces, todo cambió: sus notas mejoraron, los reconocimientos llegaron y su confianza floreció.
Al llegar el momento de elegir la universidad, Xithlaly recibió varias ofertas, pero siguió los dictados del corazón. “Entendí que estar cerca de mi familia era lo más importante. Como dice el dicho: ‘el perico donde quiera es verde’, dice sonriendo. Permanecer en CSUN fue para ella una manera de crecer sin alejarse de sus raíces.

“Quise quedarme aquí, en California, porque ser la primera en mi familia en ir a la universidad va más allá de un título. Es mi forma de honrar a mis padres y abuelos, y mostrarles que sus sacrificios han valido la pena”, expresa con los ojos vidriosos. Su abuela paterna, quien creció sin padre, ocupa un lugar especial en su historia. “Estar a punto de graduarme y prepararme para convertirme en agente del FBI es una manera de honrarla a ella y a mis raíces. Este logro no es solo mío, es de todos ellos.”
Hoy, al mirar hacia atrás, Xithlaly reconoce que cada desafío fue una lección y que cada sacrificio tuvo un propósito. Por eso invita a otros estudiantes a involucrarse y aprovechar las oportunidades que la universidad ofrece. “Hagan conexiones, únanse a clubes, participen. Eso marca la diferencia”, aconseja convencida.
Su voz se llena de gratitud al hablar de CSUN. “Puedo hablar de esta universidad todo el día. Estoy agradecida y enamorada de esta institución. A veces el estigma de ‘no irse lejos’ desaparece cuando uno se da la oportunidad de ver todo lo que su entorno puede brindarle.”
La historia de Xithlaly Rodríguez no solo es un testimonio de superación, sino también un recordatorio de que la grandeza nace del esfuerzo, el amor y la constancia. Porque quien cree en sí mismo y honra su historia, brilla sin importar el lugar donde esté.
